EL ARTE: ¿ INVERSIÓN O PERVERSIÓN? |
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1. - Del goce y otros menesteres Todos lo vislumbramos con la primera devaluación: mientras el bolívar fracturó su imagen de hijo mayor de las economías latinoamericanas, y la inflación remató aceleradamente la última curva de nuestro siglo, atesorar moneda venezolana derivó en el acto menos prudente que persona alguna pudo cometer. Entonces se escuchó el grito que hoy nos ocupa: el arte, su mejor inversión! Y todo el gremio cantó en el coro: galeristas, marchantes, artistas, críticos... Punto a favor. No nos equivocamos. La historia reciente lo ha demostrado. La inversión en arte es tan sólida como la inmobiliaria; no representa mayores traumas de conservación, no paga impuestos per se, y es, por la facilidad del traslado, relativamente sencilla su comercialización tanto nacional como internacionalmente. No obstante - y con ese ánimo escribo estas líneas -, el énfasis dado a la variable inversión pareciera haber desvirtuado la relación esencial que debe existir entre un sujeto y la obra de arte en sí misma. Me refiero a que la actual tendencia centra su atención más en quién representa a un artista que en el artista mismo o su obra. Surgen entonces listados de artistas tal como acciones de la bolsa o tipos de bancos: sencillos, dobles y triple A, según sus posibilidades de alza en el mercado. Sotheby`s y Christie`s se han convertido en nuestro Dow Jones. Y vamos a los artistas con la misma vocación de quien llena el formulario de un juego hípico. El corolario lógico de esta actitud se resume en una línea: al comprar arte lo importante es no equivocar la apuesta. Esto no es necesariamente negativo. Al fin y al cabo nos movemos en terrenos del capital y cada quien juega su juego. Sin embargo, dicha actitud puede conducir a una perversión del propio fenómeno artístico entendido en su dimensión estética, vale decir, como divertimiento del espíritu, como experiencia de la subjetividad, como maduración de la sensibilidad, como placer; pues en este caso la motivación sólo se concentra en asegurar un rédito económico. Comprar arte se convierte - se reduce - entonces, a una mera operación bursátil. Aun así, al margen de las cifras, todos los que participamos en esta dinámica también vivimos el otro lado de la moneda: el goce, la contemplación, el poder mágico que atrae o distrae, que seduce o rechaza; el arte como acontecimiento. Dentro de este contexto, la palabra inversión no sólo apunta al rédito económico que pudiera obtenerse en un margen de tiempo determinado, sino, sobre todo, al disfrute producido por la obra misma. ¿Cuánto vale esto? ¿Es que acaso no pagamos por ir de viaje, comer, bailar, ir al teatro o al cine? Recordemos que Venezuela constituye excepción a la norma del pago para acceder a los museos. ¿Habrá que cambiar esta política para entender que el goce estético debe ser considerado tan legítimo como cualquier otra actividad cultural o social? ¿Acaso no hay, en esa misma experiencia, una inversión personal, lúdica, ligada también a los símbolos, a lo que somos como cultura? En definitiva, la obra de arte tiene la virtud de la permanencia, es disfrutable siempre que lo deseemos y al mismo tiempo posee la ventaja de su eventual actualización como bien mercadeable. Pero el equilibro es necesario. Quizás la educación de la sensibilidad sea la clave para lograr la armonía entre los aspectos subjetivos y objetivos de la inversión en arte. Tal vez apostar de nuevo al placer no sea tan mal negocio. 2. - La Regla de Oro del Comprador Si usted reúne cinco opiniones entendidas en materia de arte y todas coinciden en que un artista, o una pieza especifica de éste, es buena; no lo dude: es buena. Si asiste a un Salón Nacional de Artes Plásticas - cualquiera de ellos - y el jurado calificador premia una obra determinada, quiere decir que cinco o seis o siete señores altamente calificados, coinciden en decretar que dicha obra es la mejor del grupo; entonces no lo dude: esa obra es la mejor del grupo. Si visita un museo para ver la última exposición del último gran artista del último siglo que a usted le toca vivir, y observa cómo críticos, curadores y directores de museos elogian la muestra allí exhibida; no lo dude: usted estará presenciando una gran exposición. Pero resulta que si por mucha meditación y reflexión, y mucha pose y dedo en el mentón, no entiende para nada cómo ese artista, o esa obra premiada, o esa gran exposición soporta el peso de la crítica; usted, definitivamente, duda. Ahora bien ¿ Por qué duda? ¿ Quién es el equivocado?. La primera respuesta - sentido común dixit - es fácil de predecir: usted es el equivocado. Este es, digamos, el camino de la aceptación: acepto resignado mi condición de lego-estético, de cero a la izquierda cultural, de analfabeta sensible. Pero también existe otra respuesta posible, otra vía a seguir: rascarse el alma hasta lo más profundo para tratar de entender por dónde pica la duda; averiguar por qué, a pesar de las exégesis del catálogo o del amigo docto que le insiste, continua usted con ese amargo sabor metido en la retina. Este camino lo podemos llamar el de la resistencia. El problema no es sencillo. Todo lo contrario, porque si el camino de la aceptación es corto y directo, éste último le será largo y complejo. Desde esta perspectiva, aún estando la razón de su lado, usted no será capaz de argumentarla ni defenderla, mucho menos pretender imponerla a los demás. Y aunque el conocimiento intuitivo esté soplando a favor - a su favor -, el peso de la cultura lo aplastará indefectiblemente. Llegados aquí ¿ Cómo hacer? De nuevo se le abren dos caminos, dos posibilidades: abandonarse a los expertos y confiar, o aprender a desarrollar su propia intuición. La intuición es válida. Tal vez el conocimiento intuitivo sea lo más válido en todo este asunto de las recetas estéticas; pero para llegar a él hay que "trabajar" la intuición. Desarrollar la intuición significa, primero, aprender a ejercitar el ojo estético que todos tenemos, para luego - y sólo luego - poder intentar explicar en razones, el por qué un determinado objeto produjo tal conmoción, confusión, rechazo o atracción en nuestro espíritu. La clave será entonces la palabra tiempo. Tiempo para aprender a ver, tiempo para leer, tiempo para poder comparar, vincular, para rectificar, y por sobre todo, tiempo para disfrutar. Puede suceder también que si el estilo de vida no se lo permite - tener tiempo- o simplemente no está lo suficiente motivado como para gastarlo en estos asuntos, no lo pierda entonces: pregunte y déjese guiar; eso sí, no busque culpables a la hora de su buena o mala fortuna como inversionista. Usted delegó en terceros la confianza. Esta decisión no es buena o mala en sí misma. Muchas personas que comienzan subrogando sus decisiones en otros - críticos, galeristas o amigos entendidos -, terminan desarrollando un gran ojo estético ¿el secreto? Dejar al tiempo hacer su trabajo, acumular experiencias de cualquier signo; equivocarse, como no; equivocarse mucho, pero rectificar mucho también. Este es el precio exigido para alcanzar exitosamente la regla de oro del buen comprador: solamente adquirir piezas de óptima calidad. Si usted puede hacerlo por mérito propio, mejor; si no, intente hacer diana en ese difícil blanco llamado asesor. Juan Pablo Muci |
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